La peor de las pesadillas

Por: Fernando Viaña.

Para quienes pasamos largas horas de nuestras vidas leyendo novelas que se desarrollan en lugares que nunca podremos visitar, y sobre todo en tiempos pasados y futuros que jamás recorrimos ni recorreremos, la llegada inesperada de un patógeno que mata silenciosamente, usa nuestras fortalezas inmunológicas para hacerse fuerte y destruye nuestras vías respiratorias como si fuera una bacteria acostumbrada a matar a nuestros semejantes desde que aparecieron hace cien mil años sobre la Tierra, es escalofriante, es terrorífica y es paralizante, pero de ninguna manera es sorpresiva. Ha sido soñada por varios escritores a través de los años.

Pero aquellos que además hemos leído algo sobre los orígenes del universo, del planeta y de nuestra especie; del nacimiento de la agricultura y de la ganadería; de la distribución de tareas a partir de la existencia de un núcleo dominante de sacerdotes y de generales, cada uno de los cuales tuvo siempre muchos hombres y muchas mujeres a su disposición; pero sobre todo le quitamos horas al sueño para leer sobre Grecia y sobre Roma, sobre el Antiguo Egipto y sobre la China, sobre las culturas que se establecieron en las orillas del Eufrates y las del Tigris, nada humano nos llama la atención. Ningún lujo, ninguna miseria; ningún salvajismo, ninguna compasión. Como dije antes, nada humano me es ajeno.

Como no me llama la atención que en la ciudad de Nueva York, donde las pilas de cadáveres de negros pobres, de latinoamericanos indocumentados, de drogadictos, de vagabundos y de putas comienzan a oler cada vez peor conforme se calienta el ambiente con la llegada tardía de la primavera, donde se decidía hasta mediados de marzo qué acciones de qué marcas valían más al final de cada día, unos equipos móviles de enfermeros enfundados en trajes para la guerra bacteriológica acuden dos veces a la semana a los departamentos más lujosos de la ciudad para realizar pruebas de despistase molecular a 15 mil dólares cada una. A cada uno de los habitantes de cada uno de los pisos, porque los mayordomos, las amas de llaves, las doncellas, la cocinera y el chofer siguen en planilla, y, por lo tanto, continuan trabajando en las inmensas propiedades.

No me extraña, tampoco, que si alguien dispone en Lima de suficiente cantidad de efectivo, puede acudir a una clínica para hacerse un prueba molecular, subir a su auto que tiene todos los permisos adquiridos a precio de mercado y hacerse acompañar por uno de los laboratoristas, enrumbar a una casa ultra caleta en el corazón de Miraflores y previos aperitivos, uno, dos, los que sean necesarios, degustar una comida como las de antes. En el ínterin, el técnico de laboratorio les extrae sangre al cocinero y a los mozos para realizarles el test serológico. Pero si el cliente pertenece al exclusivo club de los que ganan más de 100 mil soles al mes, el chico de las probetas saca los hisopos y les realiza las moleculares también a los criados. Lima no es Nueva York, pero se hace el esfuerzo.

Mientras tanto, en las tres zonas que rodean a los barrios mesocráticos de la capital, en los extremos más periféricos de esas zonas, en donde vive casi la mitad de los limeños, se ha ido depositando por un proceso de ingeniería social diseñado por las mentes más pérfidas del Gobierno la mayor carga viral que pueda haberse acumulado en una ciudad al sur de los Estados Unidos. Alguien que algún día tendrá que pagar por el experimento pretende producir la llamada inmunidad de manada, contagiando a tantos que el virus ya no tendrá a donde saltar, matando a los ancianos y a los que tienen otras enfermedades y dejando en la posibilidad de realizar sus trabajos siempre mal pagados a los supervivientes.

Tiempo después, alejando a los pobres inmunizados a la mala de lo no pobres que corren el riesgo de contagiarse, el Gobierno logrará, por fin, el tan ansiado distanciamiento social.

Se dan cuenta, amigos, que el virus chino no discrimina, pero el régimen de Vizcarra lo obliga a hacerlo. Lamentablemente, esta no es una pesadilla.

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