Día del Trabajo

Por: Viviana Rodríguez.

Una de mis tías más queridas fue empleada de un banco cuando los líderes sindicales eran poco menos que los reyes del mambo, o los papirriquis, como decía su difunto marido. Negociaban los aumentos anuales como si fueran disputas fronterizas de países enemigos. “Siempre ganábamos, hijita, pero la plata nunca alcanzaba por la inflación, mamita”, dice la prima mas querida de mi mamá.

Así como los bancarios tenían locos a los banqueros, los sindicalistas de todas las otras industrias sometían a sus empleadores a torturas anuales que casi siempre acababan a mediados de abril, dejando tranquilos a los empleados y obreros para que el 30 de abril se concentraran en bares y cantinas para celebrar el día de los trabajadores. “De los trabajadores de las cervecerías, más bien, hija”, acaba sus historias la Tía Mari.

Según un viejo profesor del instituto, todo acabó cuando Alberto Fujimori aplastó a los sindicatos, echó a miles de empleados públicos a la calle y cambió para siempre la manera de negociar los aumentos anuales. “Nunca más hubo un Día del Trabajo como antes, compañeros”, decía Complotín, el profesor de Ciencias Sociales que mis amigos contaban que había sido “cuadro del Mrta”. Eso suena mal, y es peor, me dijo una vez uno de mis jefes.

Como yo soy una chica de la nueva era, que no es lo mismo que de otra era, solo sé que el Día del Trabajo es una fiesta menor que sirve para buscar una chompita, una casaca o una buena bufanda para el invierno que ya llega. Como suele suceder hace unos años, el Metropolitano no funcionará como todos los días, los taxistas y mototaxistas querrán cobrar un sobreprecio y los cines estarán repletos, sobre todo con los súper héroes en su mejor momento.

¡Feliz día!

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