Comencemos de nuevo

 

Por: Fernando Viaña

Años atrás, un gran narrador ya fallecido nos deleitaba relatándonos historias que él mismo inventaba, pero atribuyéndoselas a otros escritores. Una noche, mientras todos bebíamos una copa, nuestro amigo nos dijo que hacía un montón de años había leído un relato cuyo nombre no recordaba, pero cuyo tema central era la fuga de Hitler antes de la ocupación rusa de Berlín. En el texto desconocido por todos, el asesino nazi era capturado en el extremo oriental de Polonia o en el norte de Ucrania y, luego de un juicio sumarísimo, condenado a morir en la hoguera. Para hacer más terrible la ejecución, el verdugo fabricaba un camino de paja y de combustible desde el tribunal hasta la hoguera y prendía fuego a la mecha. Cuando la llama estaba por llegar a su destino, un anciano se lanzaba sobre ella y la apagaba. Ante la furia de los espectadores, el hombre con los ojos inundados por el llanto decía: “empecemos de nuevo”.

Noches más tarde, ante un auditorio distinto, donde podía haber hombres o mujeres, vasos de ron o copas de pisco, jóvenes o viejos, etcétera, etcétera, nuestro amigo le ponía mayor o menor énfasis a la huida, más o menos dramatismo a la captura, mayor o menor distancia del banquillo del acusado a la hoguera, o mayor o menor relación del anciano con una de las víctimas del genocidio nazi, pero todas las historias acababan con el reinicio del ciclo. Más de una vez, cuando alguien en el auditorio quería ufanarse de sus conocimientos, quizás para ocultar su fastidio por no dar con el título de relato o con el nombre del autor, decía que el cuento era como el mito de Sísifo, vale decir, el del hombre condenado a recomenzar una y mil veces una tarea por haberse atrevido a enojar a los dioses.

Como en la política peruana no debe haber muchos que sepan algo del Holocausto y mucho menos que entiendan de qué va el mito de Sísifo, es increíble que en los veintidós meses que Martín Vizcarra gobierna a punta de titulares y de encuestas este viejo país, sus aliados en las oenegés, en la Fiscalía, en el Ministerio del Interior y en los cuarteles nos hayan llevado a comenzar de nuevo un ciclo que en los últimos cuarenta años comenzó dos veces. En 1980, tras la caída del peor gobierno militar del Perú y del mundo; y en 2000, tras el desmoronamiento de un régimen que nos salvó del genocidio senderista, de la hiperinflación aprista y de la guerra permanente con el Ecuador, pero nos entregó a las garras de una mafia militar liderada por Vladimiro Montesinos.

Este novísimo “comencemos de nuevo” tiene ingredientes que nos llevan a augurar que el ciclo será más corto, pues tendrá actores protagónicos que la sensatez económica de todos los regímenes nacidos de 1990 había mantenido alejados, a pesar de la insensatez de quienes quisieron poner a Pedro Pablo Kuczynski en la Presidencia para aprovechar todas las oportunidades que brinda el manejo casi monárquico de la primera magistratura peruana. En ese aspecto, quisiera aprovechar estas líneas para enviar a mi infierno personal a Salvador Heresi, a Gilbert Violeta y a Juan Sheput por habernos endosado no solo a Kuczynski, sino a Vizcarra y a todos los caviares que aprovecharon la endeblez ideológica de los antes mencionados para imponer su agenda antifamilia, antiminera, anticristiana y antipatria.

En este nuevo “comencemos de nuevo”, un hombre que gobierna desde las encuestas y para las encuestas ha ordenado al máximo directivo de la única encuestadora que queda en pie luego de los sismos que han acabado con los medios masivos y con los anunciantes billetones, y, por lo tanto, con los farsantes que se ponen de acuerdo con unos y con otros para hacerse ricos con las comisiones, con el quince del quince, es decir, con el 17,65 por ciento de todo lo que facturaban, ¡qué piedra tan pesada, Sísifo! Les decía que el gobernante hechizo tiene dos hipótesis de trabajo, la primera supone que todos los dueños de los partidos: Acuña, Luna, López Aliaga, Fujimori, Arana y los pitufos van a ayudarlo a gobernar hasta 2021 y, de pronto, se hacen a un lado y le dejan la cancha libre para candidatear y ser el primer presidente del Bicentenario, como San Martín en 1821, como Leguía cien años después. La segunda, más cerca de la realidad que la anterior, pero no necesariamente realizable, consiste en pedirle a Torres de Valenzuela que haga lo mismo que en 1999, cuando jugó con Andrade y Castañeda durante meses en la punta de su ranking hasta que se decidió por Fujimori para todo el mundo. Así, coqueteará con Del Solar, con Forsyth y con quien sea necesario para tener un presidente a su medida.

Para luego “comenzar de nuevo”.

Hasta que llegue Humala y le corte el pescuezo.

Nos lo corte a todos.

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